Interesante diálogo entre Rosa Olivares y Sema D’Acosta organizado por la Fundación Foto Colectania, (entidad sin ánimo de lucro, creada en Barcelona en 2002, con el objetivo de difundir la fotografía y darla a conocer en el ámbito social, artístico y educativo de nuestro país.)

Rosa Olivares
a Sema D’Acosta
7 enero, 2021

Hola Sema,

Es curioso que cuando te encuentras con artistas, con fotógrafos, con críticos… rara vez se habla de arte, de fotografía ni de crítica. Como si no quisiéramos asomarnos a esa realidad pantanosa en la que nos desenvolvemos diariamente, a veces desde hace demasiado tiempo.  Nosotros dos deberíamos hablar de la fotografía española, de su breve y desconocida historia, de su presente incomprensible y lleno de zonas oscuras, y por supuesto de un futuro que no será lo que quisiéramos, porque tenemos un presente y un pasado débil y lleno de carencias y de complejos.

Pero ya te digo que me resulta difícil atenerme a un guion, y mucho más difícil separar la foto del arte, y al arte de la vida. Y al arte del mercado, y a la vida de la estructura social y económica de un país como este nuestro, y no porque no crea que el arte o la fotografía (que viene siendo lo mismo) sea la propia vida, sino porque sé que la economía, la política y la estructura social define las posibilidades del arte y de los artistas.

¿Qué fue de tu hermano aquel que viajó al sur? Foto nº 1. Amparo Garrido

Escribir en lugar de hablar te permite pensar mejor lo que dices, no caer en obviedades y te permite asomarte a un paisaje que raras veces puedes observar de forma panorámica. Pero escribir de fotografía en España es hablar de lo que no hay, hablar de lo que nunca se habla lo suficiente. Nuevamente es volver al bolero: “lo que pudo haber sido y no fue”, o tal vez si fue y nunca nos lo contaron, nunca hemos podido ver la imagen de la fotografía española al completo. Porque hay tantos huecos, tantas ausencias en ese retrato de familia, que merecería la pena, antes de mirar hacia adelante, echar la vista atrás para no olvidar a nadie, para valorar a esos artistas que nacieron antes de tiempo, a todos esos artistas que nunca supieron que eran grandes artistas.

EL PROBLEMA DE LA FOTOGRAFÍA EN ESPAÑA ES TODO MENOS LA FOTOGRAFÍA.

Siempre he creído en que España es sobre todo un país de pintores (y de escritores aún más) y por eso la fotografía es un lenguaje natural para nuestros artistas: la luz y la oscuridad son el origen de la pintura y de la fotografía. La narración, los personajes, las costumbres y los sueños: todo lo que define la fotografía.  El problema de la fotografía en España es todo menos la fotografía. Hemos tenido buenos fotógrafos y los tenemos ahora, la gran parte desconocidos y ocultos por otros más mediáticos, pero con menos interés. Ya sabemos que no todo lo que brilla es oro, como dice Marshall Berman en “Todo lo solido se desvanece en el aire”: “Los hombres tenemos una gran admiración por lo que sube rápidamente, pero olvidamos que lo que sube más rápido es el polvo, las plumas, y la basura”.

El gran problema de la fotografía es el mismo gran problema que todos vivimos cada día: nuestro país es un país menos desarrollado que el resto de nuestro entorno, más pobre en todos los sentidos. Salimos de las guerras mundiales con un gobierno fascista. Perdimos y hemos sido, junto con Portugal, un país europeo desarrollado en el fascismo. Y eso ha decidido nuestra educación, nuestra estructura social y cultural. Y por supuesto social y económica. A nosotros mismos como somos hoy. El desarrollo de nuestra fotografía ha ido en consonancia con todo lo demás. No ha habido ni mercado, ni publicaciones, ni coleccionismo. Los fotógrafos se han tenido que refugiar en la fotografía como afición, para los ratos de ocio, o en el periodismo gráfico, un auténtico semillero de talento desperdiciado en su gran mayoría. Nuestros fotógrafos son empresarios, médicos, abogados, ingenieros, que en los ratos libres se adentraban en la oscuridad brillante de la fotografía.

En España sigue sin haber publicaciones monográficas de nuestros artistas, y no hablo de esos cuatro nombres conocidos y que lo han ocupado todo, sino de tantos y tantos que se lo merecen, y que tal vez nunca han tenido, tampoco, una exposición seria e importante. Pero se pasó el tiempo de la “recuperación”, del rescate de fotógrafos olvidados o no, fotoperiodistas de ayer: los más jóvenes, e incluso los que ya no son tan jóvenes, exigen ocupar su sitio, necesitan crecer. Necesitan oxígeno para sobrevivir. Esta nueva generación está formada por profesores, publicitarios, fotógrafos de cine, de moda, que en su tiempo libre… Tampoco ellos tienen monografías, textos críticos que analicen su obra, muchos ni siquiera tienen obra hasta que ya jubilados les dicen que eso que hacían los domingos es, ahora, una obra de arte. Vamos mejorando, poco a poco, aunque editar un libro de un fotógrafo español sea dar un paso hacia el borde de la quiebra económica.

Ante la falta de mercado, la falta de ventas, la ausencia de interés de los grandes museos por la fotografía, los fotógrafos más jóvenes se refugian en el fotolibro, un género clásico, de la época en la que se hablaba de las características de la imagen en la época de su reproductibilidad tecnológica. Un gran avance sin duda. Curiosamente estos fotolibros se los pagan los propios artistas, aunque no son libros de artista sino tiradas de 1.000 ejemplares impresos en grandes imprentas y editados por editoriales profesionales. Lo paga el fotógrafo porque el editor no va a arriesgar su dinero en algo que no cree poder vender, al menos no aquí en España. Ese país en el que los fotógrafos prefieren un libro a una exposición y, además, el libro lo paga él y no una editorial.

Muchas veces, cuando me llegan catálogos de exposiciones en otros países, o simplemente la publicidad de esas y de tantas exposiciones, pienso que es curioso que conozcamos a tantos fotógrafos americanos, alemanes, franceses, y tan pocos españoles. Y como es impensable que nuestros fotógrafos, homologables en edad, calidad e interés, con estos fotógrafos extranjeros, puedan aspirar a esas exposiciones, a esas publicaciones. Y que es imposible que alguien como yo, pero alemana o norteamericana sepa nunca quien es Gabriel Cualladó, o Francesc Catalá Roca, o Paco GómezManel EsclusaAmparo GarridoPere FormigueraGonzalo JuanesCarlos CánovasJosé Guerrero o Xavier Ribas por decir solo unos nombres, y tantos, tantísimos que hoy siguen arriesgándose. Y todos los más antiguos, como el joven Nicolás de Lekuona que moriría tan joven y sería ya para siempre tan desconocido.

Hoy algunos ya no lo hacen solo en sus ratos libres, sino como profesión: son artistas, como sus compañeros pintores, escultores, performers… pero no tienen salas, ni críticos, ni los museos les guardan un hueco en su programación.

Recuerdo cuando se creó el Premio Nacional de Fotografía en 1994, siendo Ministro de Cultura Javier Solana. En mi inocencia juvenil le pregunté por qué se creaba un premio separado para fotógrafos, porque no se les consideraba artistas plásticos, como a los escultores o pintores. Javier Solana me lo dejó clarísimo: “si tuviéramos que elegir dar un solo premio a un pintor o a un fotógrafo, posiblemente nunca ganaría el fotógrafo. De esta manera garantizamos la visibilidad y popularización, una cierta igualdad entre el fotógrafo y el resto de los artistas”.  El ganador de ese primer premio fue Gabriel Cualladó, dueño de una empresa de transporte nacional, que empezó a coleccionar “imágenes” arrancando las páginas de las revistas de fotografía más importantes que llegaban a sus manos, y que se convertiría con los años en un gran coleccionista de fotografía española, y uno de los grandes y silenciosos pioneros de la fotografía actual. Para él las fotografías eran imágenes, la obra, su consideración y valorización vendría más tarde.

Pero me atrevo a decir que ni todos los jóvenes fotógrafos españoles saben quién es Cualladó, ni valoran su trabajo. Pero sí valoran la de cualquier americano que realice street photography.

Porque otro de los problemas esenciales de la foto española hoy, y tal vez podamos hablar más adelante de esto, sería el poco interés por nuestra historia fotográfica y nuestros fotógrafos clásicos, siendo despreciados a la luz de los artistas internacionales que usan la fotografía hoy en día. Y la capacidad de reconocer esa extraña, delicada y sutil línea que separa la obra del fotógrafo de la del artista que ocasionalmente puede utilizar la fotografía. Y como consecuencia, si la fotografía es suficiente espacio para desarrollar los proyectos y sueños creativos de los artistas actuales que eligen la imagen fotográfica hoy, cuando ya las cámaras son extraños aparatos.

Me temo que como siempre, llegamos tarde a cualquier gran cambio, a cualquier pequeña revolución digital. Perdidos en el laberinto de nuestros propios pasos que no nos llevan al pasado para conocer, para aprender y sobre todo para ver lo que otros antes hicieron aquí, no allá. Despreciando una vez más de dónde venimos, de lo que somos parte, esos pasos perdidos que son los nuestros, a veces brillantes y a veces simples copias de los pasos de otros pies, tampoco nos llevan muy lejos, pues carecen de la fuerza que tiene que llevarnos desde el interior, desde el conocimiento y la experiencia hacia cualquier otro lugar, hacia todos los lugares posibles.

No vamos a hablar de culpa, pero sí creo que deberíamos hablar de responsabilidad. De la ignorancia de tantos “especialistas” en fotografía, que obvian a los que no entienden, por modas o anti-modas; a los que solo se mueven por amiguismos…. Deberíamos hablar del desprecio e ignorancia de tantos responsables de museos y políticas culturales que nunca consideran a nuestra fotografía a la altura de sus museos. En 30 años de existencia de los más importantes museos del Estado, como el Reina Sofia, el MACBA, el IVAM, el CAAM… ¿cuántos fotógrafos españoles han expuesto en sus salas? Me han pedido comisariados de fotógrafos extranjeros y cuando les he dicho que solo con los costes de producción de un artista alemán se podría hacer una gran colectiva de fotógrafos españoles de una generación, o varias exposiciones individuales al año… la respuesta era que eso no interesaba.

Hay tantas cosas de las que hablar… pero seguramente tu mires más hacia el futuro que hacia el pasado (que para mí solo son los dos extremos de una sola línea), seguramente te interesen otros temas más concretos, más puntuales. Hay tantas cosas de las que hablar cuando hablamos de fotografía que cualquier tema, cualquier idea que aportes, seguro que tiene mucho jugo que sacar.

Solamente quería empezar por el principio y recordar que toda la fotografía es contemporánea, y que es el lenguaje artístico que más rápido ha evolucionado.

Quedo a la espera de tus palabras y de tus ideas. Con ganas de saber y compartir esas cosas de las que casi nunca hablamos.

Sema D’Acosta
a Rosa Olivares
21 enero, 2021

Querida Rosa,

Un grato honor compartir este diálogo contigo. Has realizado una panorámica de la situación acertada, coincido con casi todo. Tu planteamiento es integral y nos remite a un Estado de la cuestión, me parece un excelente punto de partida. Si me lo permites, en mi caso, voy a procurar hablar en esta primera aproximación de aspectos precisos y de un periodo concreto, yendo de lo general a lo particular, por lo que me gustaría centrarte en la última década, por establecer un marco de análisis que coincide con un cambio significativo de paradigma tras la crisis de 2008.

También, esto es importante tenerlo en cuenta, la fotografía del siglo XXI poco o nada tiene que ver con la del siglo anterior: ha pasado de ser un testimonio de verdad y memoria a convertirse en un signo semántico complejo, polisémico y extremadamente dúctil. No es aventurado afirmar que nuestro país ha cambiado más en el último medio siglo que en los cuatro siglos precedentes. Vivimos una etapa de tránsito hacia un modelo sustancialmente diferente del anterior. Estamos pasando de la Sociedad del Logos, donde el pensamiento estaba ligado a la palabra escrita, a la Sociedad del Imago, que gira y se sostiene en torno a la imagen. Ha habido una metamorfosis de lo textual a lo visual. Estamos en un momento de transformación hacia un modo nuevo de entender la imagen que poco tiene que ver con el sentido narrativo-documental de la fotografía en blanco y negro que ha predominado en el siglo XX, se ha superado el tiempo de los cazadores de instantes.

LA VISUALIDAD SE HA IMPUESTO EN EL SIGLO XXI, PERO ¿QUÉ PAPEL JUEGAN LOS CREADORES DE IMÁGENES EN ESE CONTEXTO?

Hoy, reflexionar sobre las imágenes con pausa, investigar sobre sus usos y estudiar sobre su ontología, sintaxis, semiótica, hibridaciones o derivas, se ha convertido en una verdadera necesidad. La visualidad se ha impuesto en el siglo XXI, pero ¿qué papel juegan los creadores de imágenes en ese contexto? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Hemos pasado en menos de una década de los objetos palpables a la pantalla. Hoy todo es interfaz y scroll perpetuoLa realidad tangible se sustituye por un sucedáneo online que carece de corporeidad. La cultura-red absorbe con la voracidad de un agujero negro. En este nuevo mundo ubicuo, la fisicidad de lo fotográfico o el valor del display han emergido para descubrirnos posibilidades estéticas que antes ni siquiera eran contempladas.

Sin duda, tal como comentas, uno de los inconvenientes de la fotografía de nuestro país es que la mayoría de las veces vamos tarde y a remolque, por eso cuando nos remitimos a ella caemos con facilidad en el cliché y los lugares comunes; creo, sencillamente por desconocimiento o falta de perspectiva.

EN UN MUNDO QUE TIENDE A LO INCORPÓREO, LO FÍSICO ESTÁ COBRANDO CADA VEZ MÁS VALOR.

Has hablado de los años sesenta, un gran momento para algunos fotógrafos españoles, al respecto me gustaría añadir algo que me parece sorprendente: Carlos Pérez Siquier fue uno de los pioneros de la fotografía a color en Europa; en una fecha tan pronta como 1960, e incluso antes, inicia un reportaje a sobre La Chanca en color que tiene poco parangón internacional, no existe en estas fechas un ensayo fotográfico de ese nivel ¿alguien lo reclama más allá de los Pirineos? ¿Conocen ese trabajo comisarios o conservadores de museos de Europa? Evidentemente, no; tampoco muchos de España, seguro. Ahí encontramos uno de nuestros problemas endémicos, la infravaloración de lo propio y la alabanza de lo extranjero, una peculariedad bien arraigada en las décadas de dictadura franquista, un complejo que estamos empezando a superar ahora, cuando los jovenes se ha desprendido de algunos lastres de nuestro pasado reciente, entre otros motivos porque las fronteras ya no tienen tanta importancia; la gente ya no vive aquí o allí, se mueve según sus necesidades o circunstancias vitales, va de un país a otro con naturalidad y sin darle excesiva importancia. Tal como refieres, tampoco establecer compartimentos estancos para diferenciar eso que tradicionalmente se ha llamado fotografía sirve ahora, se han ensanchado sus confines hasta abarcar una extensión bastante más amplia que podríamos denominar, quizás con más propiedad, artes visuales.

Paso a citar varios rasgos característicos del ecosistema español, extensibles a cualquier campo creativo: falta de estructuras básicas, mentalidad cortoplacista, centralismo (confundir una parte con el todo, es decir: la capital con España), escasa cultura visual, poco afán/rigor investigador, tendencia al conformismo autocomplaciente, insuficiente coleccionismo privado, excesiva dependencia de lo público, mentalidad pedigüeña, desdén por el pasado, acentuado amiguismo y mediocridad. Podría mencionar algunos más, pero no quiero ahondar demasiado en estas limitaciones porque considero que, por suerte, esta cuestiones particulares cobran cada vez menos importancia en un mundo global, la idiosincrasia de los territorios se disipa y debemos empezar a valorar con mayor flexibilidad y menos literalidad estos planteamientos de antes. Existe una cierta denominación de origen para los autores, parten de un lugar concreto que define su personalidad y mirada, nada tiene que ver la luz del sur con la luz del norte de España, no es lo mismo criarse en Santander que en Huelva, pero para la última generación de fotógrafos, en su mayoría nacidos en los ochenta y los noventa, eso ya no es tan determinante. Además, prefieren evitar las etiquetas o el encasillamiento.

Coco Capitán, por ejemplo, siendo oriunda de Sevilla, se ha establecido en Inglaterra y tiene poco contacto con el panorama nacional, algo parecido a lo que pasa con Lua Ribeira.

Igualmente, Laia Abril es más reclamada a nivel internacional que aquí, de 2009 a 2014 vivió en Treviso, antes y después en Nueva York. Israel Ariño es más estimado en Francia que en España, donde se le conoce más bien poco y, si acaso, por sus publicaciones. Cristina de Middel se mueve desde Brasil o México. Jon Gorospe reside en Oslo e Ira Lombardía en Siracusa, Estados Unidos. Pablo Lerma se ha mudado de Nueva York a Ámsterdam hace poco, mismo viaje que hizo Carlos Irijalba unos años atrás. Alejandro Guijarro ha desarrollado su carrera en Reino Unido y se ha vuelto ahora a Madrid. Ian Waelder alterna Frankfurt con Palma y Andrés Galeano Berlín con Barcelona. Norberto Fernández Soriano se acaba de trasladar a Amberes, antes pasó cuatro años en Bristol. Carla Andrade tiene su base en Londres sin perder el contacto con Galicia, su tierra. Alvaro Deprit está asentado en Roma y Bubi Canal en Nueva York.

Para los recién llegados, la diáspora ya se ha convertido en un modo de vida: María Tinaut se mueve entre Brooklyn y Valencia; Pedro Barbáchano entre Montreal, El Cairo y Madrid. Helena Goñi, que siempre vuelve a Vizcaya y se va en breve a Nueva York tras una prolongada estancia en París, tiene un vínculo especial con Canadá, donde ha pasado largas temporadas.

No todo es adversidad, progresivamente vamos conectando con el extranjero, aunque todavía lejos de los epicentros de poder y con una incidencia relativa. Se nos va teniendo en cuenta; pasito a pasito vamos avanzando, sobre todo en el último lustro. Como bien remarcas, los autores españoles son magníficos, la materia prima es de mucha calidad, el problema son las personas que toman decisiones de verdad, que no son precisamente ellos. Hacia dentro, no existen políticas adecuadas a medio y largo plazo para potenciar la fotografía, no tenemos tejido ni músculo suficiente para establecer un andamiaje sólido. Hacia fuera, hallamos pocos comisarios o investigadores españoles que tengan predicamento y ocupen puestos de responsabilidad en sitios de relevancia, a ninguno lo llaman para dirigir bienales o grandes proyectos[5]Marta Gili, que ha sido directora del Jeu de Paume de París hasta 2018, podría ser la excepción que confirme la regla. Carecemos de buenos teóricos, sólo los ensayos de Joan Fontcuberta tienen repercusión en el exterior. Falta establecer conexiones naturales, que se creen auténticas vías de intercambio, fluidas, espontáneas. En un libro emblemático de Charlotte Cotton como ‘Photography is Magic’ (2015) sólo aparece un español, Miguel Ángel Tornero, un caso sintomático de lo lejos que estamos de donde ocurren las cosas. Antes de la crisis de Lehman Brothers[6], esto parecía Jauja, un espejismo donde el despilfarro era la norma. Cuando había mucho, no se pensó nunca en el mañana, por lo que luego hubo que improvisar sobre la marcha y adaptarse con rapidez a la recesión. Por añadidura, esa inflación ficticia, forzó a los fotógrafos jóvenes a subir sus precios y producir en grandes tamaños, un incremento irreal que luego les ha perjudicado para poder seguir creciendo, ese no era el camino.

Con todo, creo que en los últimos años se ha sembrado con más sentido común y medida en eso que llamamos fotografía española, si existe algo parecido. Sin alardes, podríamos señalar ya algunos brotes en ese páramo, yo soy optimista para la década que se inicia.  Destacaría que a Joan Fontcuberta le concedieron en 2013 el Premio Hasselblad, que dos autoras españolas, Cristina de Middel en 2019 y Lua Ribeira en 2020, se han incorporado a la Agencia Magnum como asociadas. La Maison Européenne de la Photographie en París ha dedicado sendas exposiciones a dos nombres españoles de nuevo cuño: Nicolás Combarro en 2018 y Coco Capitán en 2019, el FOAM de Ámsterdam a Laia Abril en 2020.

También que en 2015 se abre el Museo de la Universidad de Navarra en Pamplona, donde Valentín Vallhonrat y Rafael Levenfeldt están llevando a cabo una espléndida y silenciosa labor. Sus fondos fotográficos, además de incluir el legado de Ortiz Echagüe, reúnen 14.000 fotografías y 100.000 negativos desde el siglo XIX hasta la actualidad. Las entidades privadas que apuestan por la fotografía poco a poco van apareciendo o consolidándose, aplicando maneras de trabajar que piensan en el futuro y generan nexos internacionales[7]. En 2017 se pone en marcha el Museo Pérez Siquier de Almería por iniciativa de la Fundación de Arte Ibáñez-Cosentino, entidad que ha pasado a custodiar su archivo, descubriendo un ingente material inédito. Un poco después, abrió sus puertas el Museo Cristina García Rodero en Puertollano, ciudad natal de la fotógrafa. Asimismo, la Comunidad de Madrid se ha distinguido en este tiempo por el esfuerzo que ha realizado en pos de la fotografía española[8], compaginando exposiciones y libros de autores históricos (Paco Gómez, Francisco Ontañón, Gabriel Cualladó, Enrique Meneses…) con otros de mediana carrera (Ricardo CasesDavid JiménezTanit PlanaMatías Costa…). Reseñar la labor continuada en relación con la fotografía emergente de Jesús Micó, especialmente relevante si hablamos de los Cuadernos de la Kursala,[9] Cádiz. En este periodo hemos vivido un boom del fotolibro español y la eclosión de varias editoriales independientes de muy buen nivel (Ediciones Anómalas, Dalpine, Phree, Fuego Books…). Reseñar que Óscar Monzón ganó con ‘Karma’ en 2013 el PhotoBook Award de Paris Photo / Aperture Foundation, un galardón que en 2018 recayó sobre Laia Abril con ‘On Abortion’ y en 2020 lo ha obtenido Gloria Oyarzabal con ‘Woman Go No’Gree’.

Para terminar, subrayar que, afortunadamente, el empoderamiento de la mujer en estos años en España ha conseguido un despegue significativo de la sensibilidad femenina en cuestiones fotográficas, un cambio positivo que permite dar visibilidad a gente que antes permanecía en la sombra o tenía menos posibilidades de sobresalir.

Sema D’Acosta

La gente joven se comunica con imágenes, piensa y entiende el mundo a través de imágenes. Las ideas ahora se enlazan directamente con la imagen, todo es visual. La pantalla del portátil o del móvil son hoy más importantes que la realidad y eso resulta un problema: nos está costando diferenciar lo vivido de lo visto, una situación que altera nuestro imaginario y la percepción de la experiencia. No olvidemos que nos hacemos como personas a través de ese bagaje de experiencias; somos lo que vivimos, no lo que vemos. Las relaciones de los chavales de ahora están condicionadas por lo que ven. Para ellos, en muchos casos, mantener una video-conferencia en el portátil desde su habitación con alguien de otro país es mantener una charla, hablar con un amigo; lo hacen a diario y de manera rutinaria, forma parte sustancial de sus vidas, igual que Internet o el smartphone.

Muchas de las nuevas propuestas visuales son cada vez más conceptuales, trabajos que no vienen a negar nada de lo anterior ni a excluir el maravilloso pasado de la fotografía. Simplemente, se suman con naturalidad a lo que ya existe ensanchando sus confines, conviviendo con un acervo común que no sólo coloca al mismo nivel pintura, cine, literatura, escultura, instalación espacial, performance o moda, sino que de forma obligada debe acudir a este bagaje para interpretar estas nuevas obras que superan la tradición fotográfica.

Remedios Zafra ha acuñado el término cultura-red para hablar de una sociedad como la actual donde se equipara lo más visto con lo más valioso. Realmente, atrincherados en el ordenador o en el móvil, lejos de la realidad, no vemos nada a través de las pantallas. «Lo que antes requería por nuestra parte el esfuerzo de la búsqueda necesaria para conocer, contextualizar y comprender, viene ahora a nuestros ojos a golpe de dedo, y viene además interpretado y deducido por una secuencia de números que facilitan un posicionamiento más rápido» afirma la propia pensadora en ‘Ojos y Capital’ (Edición Consonni, Bilbao, 2015). Mientras una elocuente mayoría de jóvenes multitasking pierde el tiempo en Youtube o baila al son que marcan los DJ de la mirada de Instagram o TikTok, moverse en la dirección contraria y detenerse a pensar las imágenes supone un gesto de extrema rebeldía contra el modelo socio-cultural dominante en esta última generación millenial. Más aún, en un contexto ahíto como el actual, donde prevalece un tipo de entretenimiento visual en el que la imagen cada vez dice menos, se agota en el mismo momento de ser presentada.

La fotografía puede ser al mismo tiempo objeto y representación, soporte y contenido, comunica de infinidad de maneras, todas válidas. Lo vernacular ha emergido con fuerza, también la preocupación por el planteamiento en sala o la reivindicación del objeto-libro, quizás el medio donde la imagen despliega mejor su potencial sintáctico. En un mundo que tiende a lo incorpóreo, lo físico está cobrando cada vez más valor.

El único faro indiscutible a nivel internacional es Joan Fontcuberta.

La fiesta duró aproximadamente una década, desde poco después del 2000 hasta 2010.

Destacar en este sentido la Fundación Mapfre (Madrid, Barcelona) o Bombas Gens (Valencia), un centro inaugurado en 2017 que pone especial atención en la fotografía, tal como ocurre con CaixaForum (Barcelona, Madrid, Sevilla, Zaragoza, Palma, Girona, Lleida, Tarragona). Por supuesto, también Foto Colectania (Barcelona).

La Sala Canal de Isabel II ha mantenido una línea coherente dedicada a la fotografía nacional durante esta última década, confiemos en que continúe. La Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid también ha destacado, además de por las exposiciones, por apoyar y promover a editoriales y autores menos conocidos a través de iniciativas como el concurso Fotocanal al mejor libro de fotografía del año, iniciado en 2016.

Deja un comentario

requerido*